
El artículo de Jacobo Colón en Ciudadoriental.com es una denuncia contundente contra la gestión de Dio Astacio en Santo Domingo Este, pero apenas rasga la superficie de un deterioro que va más allá de la inacción. A través de un relato incisivo, Colón expone la incapacidad de un funcionario para nombrar logros tras 19 meses y un presupuesto de más de 5,000 millones de pesos, quedándose en la mención de los contenedores de basura. Esta afirmación es un engaño: Manuel Jiménez dejó una ciudad limpia, con un parque de 100 camiones nuevos que garantizaban una recolección eficiente en todo el municipio. Astacio, en cambio, permitió la entrada de un negocio privado de basura que ha infestado las calles con furgones y contenedores apestosos, convirtiendo un sistema funcional en un desastre sanitario que los munícipes padecen a diario. Sus reductores de velocidad, mal diseñados, no solo no mejoran la seguridad, sino que provocan accidentes, agravando el caos vehicular.
La gestión de Jiménez, a pesar de enfrentar el COVID-19 con recursos limitados, marcó un antes y un después. Rescató numerosas canchas y parques, revitalizando espacios para la comunidad, e izaba la bandera cada día como símbolo de orgullo cívico. Además, mantuvo las funerarias municipales operando sin tarifas abusivas, asegurando un servicio digno. Astacio, por el contrario, parece decidido a borrar ese legado. Su administración se limita a abrir huecos en algunos lugares que acumulan agua, un “legado” de charcos insalubres que podrían ser su única huella tangible. La falta de avances en drenaje pluvial, aceras, contenes e iluminación evidencia un abandono que castiga a los ciudadanos que pagan impuestos esperando mejoras.

Un caso emblemático de este retroceso es Chencha, un espacio cultural que floreció bajo Jiménez como un epicentro de arte y comunidad. Los bailadores de Chencha denuncian que, tras la llegada de Astacio, se ha dejado de contratar artistas locales, recurriendo ahora a música grabada en los eventos. Pero esto no es nuevo: antes de esta medida, hubo un esfuerzo deliberado por desmantelar Chencha y convertirlo en un espacio para evangélicos, prácticamente una iglesia, alineada con los intereses personales del otrora pastor. Muchos ven esto como un intento de cerrar un proyecto acuñado al periodo de Jiménez, aparentemente odiado por Astacio, privando al municipio de un bastión cultural que fomentaba la identidad y la cohesión social.
Mientras Astacio no muestra obras significativas, su administración derrocha recursos en eventos vacíos diseñados para sacarse fotos y proyectar una falsa imagen de progreso. Millones de pesos, fuera del presupuesto, se gastan en vallas y artículos de una “marca ciudad” impuesta sin consultar a los ciudadanos, un ejercicio de ego que no resuelve las necesidades urgentes del municipio. Peor aún, se destinan sumas exorbitantes a publicidad en medios amigos para silenciar críticas, mientras se persigue a un periodista comunicador que denuncia el desgobierno, revelando una gestión intolerante que teme al escrutinio. Este contraste entre propaganda y represión es un síntoma claro de un liderazgo más preocupado por la imagen que por resultados.
La opacidad financiera es otro punto crítico que Colón menciona, pero que merece mayor énfasis. De los más de 5,000 millones de pesos, solo 200 millones se destinaron a los contenedores de basura, un proyecto fallido que no ha resuelto el problema de los vertederos, sino que lo ha empeorado. ¿Dónde está el resto del dinero? El abandono del cementerio municipal, el descuido de las calles oscuras y la falta de infraestructura básica son una afrenta a los munícipes. La pregunta sobre el destino de los fondos no encuentra respuesta, alimentando sospechas de negligencia o algo más grave.
La seguridad, un pilar fortalecido por Jiménez, se ha desplomado bajo Astacio. Santo Domingo Este, antes la ciudad más segura del país, ahora tiene tres de los barrios más peligrosos, según reportes ciudadanos. La policía municipal, señalada como autoritaria y “neotrujillista”, lejos de proteger, intimida a la población. Mientras tanto, Astacio organiza eventos insípidos como la cumbre de “líderes por la paz”, criticada por los bailadores de Chencha como una fachada vacía que no aborda la creciente inseguridad. Estos eventos, más enfocados en la foto que en soluciones, son un insulto a un municipio que clama por orden y progreso.
La gestión de Jiménez, con todas sus limitaciones, logró transformar la ciudad con parques, canchas y un sistema de recolección eficiente, todo mientras enfrentaba una pandemia global. Astacio, con recursos mucho mayores, no tiene nada que mostrar, salvo contenedores fétidos y huecos que acumulan agua. Su aparente rechazo a las obras de Jiménez, como Chencha, sugiere una motivación personal que prioriza rencillas políticas sobre el bienestar colectivo. La conversión inicial de Chencha en un espacio evangélico y la reciente eliminación de artistas en favor de música grabada son pasos claros hacia el desmantelamiento de un legado cultural que dio vida al municipio.
El artículo de Colón captura el descontento, pero no refleja toda la gravedad de esta administración. La persecución a quienes denuncian, como el periodista mencionado, y el uso de fondos públicos para propaganda mientras se descuidan servicios esenciales, pintan una gestión más interesada en el autobombo que en el pueblo. Los ciudadanos de Santo Domingo Este merecen respuestas claras sobre el destino de su dinero y un liderazgo que construya sobre los logros del pasado, no que los destruya. La opacidad financiera, el deterioro de la seguridad y el abandono cultural son un grito de alerta que no puede ignorarse.
Este comentario amplifica el mensaje de Colón: la gestión de Astacio no solo es invisible, sino que desmantela activamente lo que funcionaba, desde la recolección de basura hasta Chencha. Los contenedores apestosos, los reductores que causan accidentes, la persecución de voces críticas y el derroche en vallas y publicidad son una bofetada a los munícipes. Santo Domingo Este no puede seguir financiando un liderazgo que transforma espacios culturales en iglesias, silencia a la prensa y deja charcos como única herencia. Es hora de exigir auditorías, transparencia y un cambio que devuelva la esperanza.
En conclusión, el artículo de Colón es un primer paso para visibilizar el desastre, pero la realidad es aún más alarmante. Los ciudadanos deben alzar la voz contra una administración que, lejos de avanzar, retrocede y destruye.
creado por Multimedios LZO, La Agencia de Prensa y Creación de Contenidos



